Niños y jóvenes de cristal, personas altamente sensibles o el resultado de generaciones de madres y padres con traumas y heridas no resueltas.
Podemos seguir inventando nombres y etiquetas para nombrar “nuevas” formas de manifestaciones. “Generación de cristal”, “PAS” (personas altamente sensibles), también fue “Niños de alta demanda”, “Trastorno oposicionista desafiante” “Niños emperadores” y tantos otros rótulos que se utilizan para encerrar manifestaciones emergentes de grupos de personas a medida que pasan los años.
¿Qué hay detrás de estas manifestaciones?
¿Tenemos la capacidad de observar el detrás de escena?
¿Cómo se construye el niño o joven en cuestión?
¿Qué sucede socialmente y repercute en las familias en el período en el que esos niños y jóvenes transitaron sus primeros años del desarrollo?
Me lleno de preguntas.
Lo cierto es que los niños no nacen de un repollo, no aparecen un día en el living de casa ni el joven amigo de la vuelta es el culpable de todo lo malo que trae tu hijo a casa.
Lo cierto es que los niños y jóvenes son espejo.
Lo cierto es que somos modelo.
Lo cierto es que el hogar es el molde que replicarán luego en el “mundo exterior”
Los niños y jóvenes de cristal no solo son personas altamente sensibles, como si serlo fuera una cuestión de azar, del universo o una decisión divina.
Son niños y jóvenes que se desbordan fácilmente, que no pueden lidiar con las emociones, que todo les “parece mucho”, tienen baja tolerancia a la frustración, sienten que nadie los comprende, les cuesta aceptar los límites, se sienten superadas por las responsabilidades cotidianas, les cuesta gestionar las críticas o aceptar puntos de vista diferentes, se funden en las emociones de los demás. En consecuencia, poseen baja autoestima, poca valoración personal, no pueden o les cuesta afrontar desafíos, carecen de potencia y capacidad de acción, perdieron el entusiasmo, son personas miedosas y con un sistema nervioso activado la mayor parte del tiempo, Perciben el mundo como una amenaza constante encerrándose cada vez más en si mismos. Son personas sin herramientas emocionales.
¿Quiénes crían y acompañan a estos niños de cristal, a estos jóvenes altamente sensibles? ¿Cuál es el origen de estas manifestaciones?
Madres y padres que aún no han conectado con sus heridas de la infancia. Madres y padres que no son conscientes de que las propias heridas se replicarán en los hijos si no fueron observadas, integradas, reparadas. Madres y padres con traumas de desarrollo o trauma social no identificado, mucho menos, abordado.
⚡ Por un lado, madres y padres que replican los modelos de crianza en los que fueron criados, utilizando gritos, premios, castigos y amenazas, penitencias, invalidación, destrato, maltrato, condicionamientos. Madres y padres que no pueden estar presentes en casa y delegan el cuidado de los niños en las pantallas, entretenimiento, escuela con horario extendido actividades extra y niñeras, y luego, por culpa ofrecen objetos materiales para intentar suplir la ausencia y la carencia emocional. Madres y padres que no pueden conectar con sus propias emociones y, en consecuencia, no pueden contener ni sostener las emociones de sus hijos. Madres y padres que no pueden sostener procesos, conflictos, espacios compartidos. Madres y padres sin tiempo para la espera. Madres y padres con poco espacio físico y emocional.
⚡ Por otra parte, madres y padres con la certeza de que no quieren replicar la forma en la que fueron criados pero sin información ni trabajo personal. Esto conduce al otro polo. La sobremirada y la sobreprotección. Con base en sus propios traumas y heridas, con el fin de que sus hijos no atraviesen lo mismo, madres y padres sienten que todos los espacios son potencialmente dañinos, que el peligro está en todos lados, que no hay lugar como casa y que el modo de hablar, de decir, de comunicar de las personas no es el correcto o adecuado. Que ningún espacio cumple con las expectativas de lo que el niño necesita, que el mundo es hostil y que solo mamá (ni papá) es el espacio seguro.
Evitan frustraciones, hablan por sus hijos, resuelven todo tipo de situaciones dejando a los niños desprovistos de herramientas emocionales. No pueden sostener emociones entonces utilizan distracciones o victimizan al niño ante situaciones con terceros llenando de carga situaciones esperables y cotidianas en las diversas etapas del desarrollo. Los posicionan en lugar de víctima o en lugares de superioridad ante terceros pero sobre todo en la propia mirada hacia el niño. Por las mismas razones los niños no tienen participación en las tareas cotidianas impidiendoles generar herramientas para la vida con autonomía y generando dependencia emocional, afectiva y física.
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Sumemosle a esto el mal uso y abuso de la tecnología y sus consecuencias, la falta de contacto con pares. El abuso de la comida ultraprocesada y el fácil acceso a todo lo que se desea (ya no hablamos de necesidades).
Si no sabés como funciona el sistema de recompensa aquí te cuento:
La dopamina es neurotransmisor que se libera ante la “conquista” luego de realizar una acción que nos lleva a obtener algo que necesitamos o deseamos.
Cuando le damos al cerebro satisfacción inmediata (comida ultraprocesada, reel tras reel, videojuegos, una casa servida y funcionando y TOOODO YA) se produce un exceso de dopamina pudiendo causar desequilibrios psicológicos y emocionales, además, perdemos el interés o nos da “paja” esforzarnos para obtener algo. Nos convertimos en seres apáticos, desinteresados, herméticos y desconectados.
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Ambos polos son perjudiciales para niños y niñas.
Entonces, ¿Cómo acompañamos de manera adecuada a nuestros hijos?
Incomodandonos.
Siendo conscientes de nuestras heridas y traumas, trabajando en ellos, conectando con el CUERPO y el SENTIR, saliendo de la mente y la sobreinformación de redes sociales, cursos, talleres, libros y demás y buscando espacios que acompañen la conexión emocional, los procesos, la “lentitud” de la vida. Conociendo las etapas del desarrollo para saber que esperar pero priorizando y dando paso a la intuición que nos regala la conexión emocional, ese hilo invisible que nos conecta con un otro y que solo puede ser establecido cuando estamos en presencia.
¿Cómo podemos reparar si caímos en los polos?
Soy reiterativa porque no hay reparación sin una real conexión: La primera instancia para reparar es la incomodidad y el trabajo personal para dar paso al diálogo con nuestros hijos para validar lo sucedido. Si son pequeños, podremos realizar un camino de deconstrucción y reconstrucción en las formas, sosteniendo procesos en el tiempo. Si son jóvenes o adultos, nuestra responsabilidad es el diálogo y la validación, En ellos y el tiempo estará el deseo y la necesidad de restablecer vínculos y patrones.
P.D: Si sos adulta y te sentís así, quiero decirte que no sos rara o inadecuada, que no estás fallada ni naciste equivocada. No tuviste la posibilidad de construir herramientas para afrontar la vida con lo que la vida trae, no pudiste construir un contenedor para albergar emociones y situaciones de lo cotidiano.
Sabiendo esto, siendo protagonista de tu vida, podés hacerlo vos misma, por vos.
Un gran abrazo!
María
